FONTANA, Lucio
Lucio Fontana (1988 – 1968) fue un artista ítalo-argentino. Nació en Rosario, pero a sus seis años se trasladó a Italia, donde permaneció la mayor parte de su vida, con algunas excepciones, principalmente forzadas por la Segunda Guerra Mundial, y otras de índole artísticas, pues sus primeras exposiciones las realizó en el país latinoamericano. De cualquier manera, estos ires y venires entre dos continentes, fueron fundamentales en la concepción que el artista tuvo del mundo y sus realidades.
Su padre fue un escultor italiano, con quién Lucio comenzó muy joven sus estudios del arte y sus exploraciones plásticas, y probablemente ahí se originó su curiosidad por la tridimensionalidad y el espacio.
Lo paradójico, es que la búsqueda de Fontana resultó, en lugar de un encuentro, en una suerte de agujero negro para perderse, huir lejos e ir al más allá, hacia lo desconocido, aunque "solo" sea de manera metafórica y momentánea, mientras observamos sus cuadros y nos introducimos en ellos. Para mí, es justo esto lo que hace de este italiano un maestro del arte, un pensador de la vida que tradujo la realidad de la humanidad en imágenes, objetos e incluso nuevos universos.
Lucio Fontana es mundialmente conocido por sus telas rasgadas. Pero antes de realizar estas laceraciones a sus pinturas, exploró los medios tradicionales del arte: pinturas figurativas, esculturas en bronce y cerámica −medio en el que fue muy fructífero durante toda su trayectoria) y aunque no la revolucionó tanto como a la pintura, desarrolló un sello muy personal que también planteaba la de-formación del tiempo y el espacio.
A pesar de esos inicios, Lucio Fontana no quería ser pintor ni tampoco escultor. Quería encontrar otra dimensión del arte, por lo que su búsqueda constante estuvo guiada hacia algo diferente; expresiones y tratamientos técnicos que no habían sido descubiertos. Su conocimiento del arte europeo y el auge de las vanguardias artísticas, en contraste con la cultura latinoamericana facilitaron sus reflexiones y transgresiones formales.
Sus intenciones innovadoras se sumaron a dos situaciones que resultaron determinantes en los hallazgos de Fontana. En primer lugar las guerras mundiales; el artista se enlistó en la primera y fue herido, aunque no de gravedad, pero ese hecho le daría una perspectiva muy real y bastante profunda de los conflictos sociopolíticos y sus efectos; en segundo lugar, siendo refugiado de la segunda guerra en Argentina, su estudio de Milán fue bombardeado y todo su trabajo se perdió, un suceso que el artista, lejos de verlo de manera negativa y catastrófica, lo recibió como una oportunidad para comenzar desde 0. Fue justo ahí cuando intensificó su propósito de ir más allá de la superficie del cuadro.
En 1949 comenzó su experimentación magna creando pequeños agujeros sobre sus lienzos, que poco a poco se fueron extendiendo hasta dar lugar a figuras compuestas por múltiples perforaciones, grandes aberturas o sus versiones más minimalistas de cortes transversales a la tela de sus pinturas, creando con este sutil gesto, dos fondos sobre una misma superficie y planteando así una nueva definición espacial.
Estas incisiones obligan al espectador a confrontar la realidad de que una pintura no es más que un trozo de tela tensado sobre un bastidor de madera. Una profunda oscuridad se extiende más allá de los cortes, que podrían describirse como «violentos». Al realizar estas incisiones, Fontana logró crear un espacio infinito que conecta con el universo de su pintura. (Google and arts, 2026).
A este hallazgo le denominó Espacialismo, considerada una teoría científica sobre la cuarta dimensión, que se abordó ampliamente en las cinco diferentes ediciones del Manifiesto Blanco, a pesar de que no haya sido planteado única ni especialmente por Lucio Fontana, sino más por sus estudiantes de la Academia Altamira, que el artista fundó en Argentina durante su estancia más larga en el país entre 1939 y 1948. Y de su movimiento artístico nació su gran serie Conceptos espaciales, como denominaría desde 1951 a su cuerpo de obra.
Lo paradójico, es que la búsqueda de Fontana resultó, en lugar de un encuentro, en una suerte de agujero negro para perderse, huir lejos e ir al más allá, hacia lo desconocido, aunque "solo" sea de manera metafórica y momentánea, mientras observamos sus cuadros y nos introducimos en ellos. Para mí, es justo esto lo que hace de este italiano un maestro del arte, un pensador de la vida que tradujo la realidad de la humanidad en imágenes, objetos e incluso nuevos universos.