La Creación del Gesto

El 7 de junio, el Museo de Antioquia inauguró La Creación del Gesto, la primera y muy esperada retrospectiva de Francisco Antonio Cano (Yarumal, 1865 – Bogotá, 1935) en la ciudad y en el país. La muestra reúne más de 380 obras —principalmente dibujos y pinturas— que exponen con profundidad la sensibilidad de su gesto plástico, el cual, en definitiva, logra despertar la sensibilidad del ojo que lo contempla.

La curaduría de Camilo Castaño impacta a los visitantes al (re)descubrir tantos hitos biográficos y plásticos: su papel como gestor cultural, su trabajo editorial, la diversidad técnica de sus manos y el extenso cuerpo de obra que consolidó durante más de cincuenta años de trayectoria artística. Por lo mismo, urgía una exposición histórica del que se considera uno de los artistas antioqueños más importantes, así como una acción museológica que ayudara a expandir las perspectivas que, por tantos años, ha planteado casi en solitario el popular óleo Horizontes (1913).

Un gesto es, de alguna manera, una forma de reemplazar el habla y, por lo tanto, resulta paradójico verbalizar la experiencia de visitar la exposición. Sin embargo, sería ilícito y poco terapéutico para mí dejar ese encuentro solo en mi cuerpo y mi mente, y no expresarlo aunque sea en unas cuantas líneas que buscan, sobre todo, compartir mi vivencia al recorrer las salas y observar con detenimiento —no tanto como el de Cano con sus lápices y pinceles— los detalles y gestos que desplegó a lo largo y ancho de su producción artística.

El título de la exposición encaja a la perfección. Cano es, definitivamente, el gesto en todo el sentido de la palabra. Su obra configura un universo entero: con unas manos, flores, espacios, ojos y cuerpos enteros que parecen hechos en segundos, segundos[1], crea un lenguaje visual que despierta una gran sensibilidad de diversas índoles.

Para mí, los dibujos superan con creces a la pintura. No por desmeritar sus óleos, que sin duda son grandes y magistrales obras de arte, sino porque sus dibujos concentran el poder expresivo —muy en línea con la gestualidad que mencionaba arriba— de Cano. Quizá por la agilidad y la escasez de elementos, por la espontaneidad que registran y, por ende, la naturalidad de cada escena, resultan más cercanos al espectador. A esto se suma que, para crear sus lienzos, murales o esculturas, recurría al dibujo como medio de estudio —que hoy ya consideramos obras maestras per se—, lo cual enriqueció el número de sus piezas y generó una especie de «reproducciones» de un mismo tema o escena.

Cabe resaltar la cantidad de estudios que realizaba para una obra. No para todas, por supuesto, pero sí para muchas, especialmente los frescos. Así podemos ver fragmentos de composiciones, descomposiciones de personajes estudiados con detenimiento e, incluso, identificar algunas dudas del proceso creativo. Esto deja en evidencia la profundidad y seriedad con que Francisco Antonio Cano asumía su trabajo, algo que ya muy pocas veces se encuentra.

Confieso que, con Cano y la creación de su gesto, me invadió la nostalgia por el arte que se tomaba su tiempo para observar, estudiar y ensayar múltiples pruebas. No puedo negar que el arte cambia —y debe hacerlo— y que el arte de hoy no puede ser el de hace un siglo; pero tampoco puedo negar la añoranza de ver más imágenes producidas en la lentitud, la sensibilidad profunda y el detalle.

Durante todo el recorrido por la sala temporal, no pude evitar sentirme afortunada de observar y experimentar La Creación del Gesto de primera mano, con el tiempo suficiente para detenerme en lo que llamaba mi atención e imaginar a un artista produciendo semejante belleza aun en una ciudad naciente y hostil, culturalmente hablando. Quizá por eso, al salir del museo, sentí la urgencia de comentarlo con distintas personas y recomendar, de manera insistente, visitar la exposición. Seguramente este texto es un intento más en esa dirección. No está de más decir que, lamentablemente, el tiempo para visitarla no es mucho —no sé por qué su duración es tan corta—, pero ya es digno de aplaudir el hecho de que se haya podido realizar. Sabemos lo arduo que resulta producir una exposición de esta envergadura —y casi de cualquiera—.

Por todo lo anterior, además de lo que cada lector/espectador pueda encontrar de manera particular, creo que se trata de una exposición que todos —interesados o no en el arte— deberían visitar. Por un lado, no son muchas las oportunidades de ver el extenso trabajo de un artista como este en un museo de la ciudad; y, por otro, la riqueza de la producción y el tratamiento de la imagen en Cano permite que cada espectador encuentre el gesto personal con el cual conectarse al mundo que transcurría a finales del siglo XIX y principios del XX.


[1] Esta impresión de velocidad se produce sobre todo por la precisión de unas pocas líneas y por la fuerza del grafito o el carboncillo.

© 2022 Erika Sosa Restrepo. Todos los derechos reservados.
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